Abrió los ojos en la oscuridad más absoluta. Estaba tumbado de lado, con un brazo extendido en la cama y el otro apoyado en su torso. Algo en el ambiente lo volvía pesado y áspero, tanto, que le resultó imposible realizar cualquier tipo de movimiento. Mierda – pensó – otra vez lo mismo.
La parálisis del sueño se volvió una situación conocida, desde hacía seis meses, y a causa de lo ocurrido, su cuerpo se desconectaba de vez en cuando de su sistema motriz. Resultaba ya un simple trámite, algo más molesto que agobiante, aunque las primeras noches sin duda lo fueron. Cerró los ojos para intentar dormir… pero, repentinamente inhaló con fuerza, y recordó.
Era su olor, y unas lágrimas empezaron a caer sobre las sábanas. Ya casi había aceptado su ausencia, por qué entonces su cerebro se burlaba así de él, qué necesidad había para volver a imaginar su fragancia, ese aroma tan característico, que provocaba tanto dolor como alegría. Tal vez por eso probó otra vez, e inhaló con tanta fuerza que olvidó que no podía moverse. Sin ninguna duda era su olor, y con los ojos empapados miró atentamente entre la penumbra, con esa capacidad que nuestra vista nos concede al llevar tiempo a oscuras. Distinguió una silueta.
Un terror infinito le invadió, durante largos segundos fue incapaz de respirar, las lágrimas cesaron, y aunque parecía que se había librado de la dichosa parálisis del sueño, fue incapaz de mover un solo músculo.
Definitivamente era su olor, sin lugar a dudas era su silueta. Fue capaz de distinguir en su brazo el reposar de su cabeza, y con el paso de los minutos notó su calor. Había pasado ya medio año, medio año en el que se obligó a olvidar aquella sensación de placidez, ya que entendió que jamás la volvería a sentir. Esta incoherencia generó en él una terrible sensación de angustia. Y una vez su cerebro asimiló toda la información, las lágrimas volvieron a brotar, esta vez de alegría. Sabía que era imposible, que no había Dios ni poder suficiente para traerla de nuevo, sabía que se engañaba, o que le engañaban, sabía, en lo más profundo de su ser, que fuese lo que fuese lo que se encontraba allí, aunque fuese su olor, aunque fuese su calor, aunque fuese su esbelta figura, no era ella, pero eso no impidió su felicidad. No quiso saber nada más, no quiso hacerse más preguntas, las dudas desaparecieron, el miedo se esfumó.
Y la abrazó. La abrazó con tanta fuerza que notó cómo sus propios huesos se partieron, cómo sus músculos se soltaron, cómo su piel se rajó. La abrazó con tanta fuerza que olvidó el por qué, el cómo y el cuándo, lo olvidó todo. La abrazó con tanta fuerza y tanta intensidad, que en ese abrazo fue completamente feliz, y se fundió con ella, para abrazarla por siempre.